Relatos

Primera cita

Se volvió a mirar una última vez antes de salir para asegurarse que el temblor que provocaban sus nervios no se apreciaba en el espejo. Respiró hondo, pintó sus labios de rojo y dejó que se dibujara su mejor sonrisa. Por fin había llegado el día que tanto anhelaba.

Comenzó a caminar despacio por aquellas calles que le resultaban tan extrañas como acogedoras. Había salido del hotel con tiempo para poder ir calmando los nervios con el paseo y para evitar llegar tarde a la cafetería donde habían quedado, cuya ubicación exacta desconocía.

Después de tomar dos veces la primera calle a la derecha, reconoció el parque del que le había hablado, lo cruzó por el sendero principal y vio al otro lado dos cafeterías juntas. Lo imaginó sonriendo de forma perversa al verla en ese punto y sin saber qué cafetería elegir.

Repasó mentalmente sus palabras “espérame dentro de la cafetería, sentada de espaldas a la puerta”. Entonces suspiró aliviada, tenía que ser la de la derecha que tenía una amplia terraza. En la otra cafetería no había opción de sentarse dentro o fuera.

Decidida, abrió la puerta. Eligió la primera mesa nada más entrar y se sentó de espaldas a la puerta. Ya que no podría ver el exterior, al menos aliviaría la espera observando al resto de clientes. Se quitó el abrigo y pidió un café con leche al camarero que había salido de la barra al verla entrar.

La espera se le empezaba a hacer eterna, los minutos parecían no pasar y ya conocía cada detalle de aquella cafetería como si fuera su lugar habitual de encuentro con los amigos. Miró el móvil, ninguna notificación. Exactamente igual que las últimas 25 veces que lo había mirado.

La vibración del móvil la puso en alerta y el escueto mensaje la desconcertó: “Tarde”. No entendía. Llevaba casi media hora esperando allí sentada y ni siquiera le ofrecía una disculpa por llegar tarde, solo una palabra.

Otro mensaje: “Espero que al menos lleves bien la trenza”. Se tocó el pelo, conectó la cámara del móvil y la usó de espejo para asegurarse que la trenza seguía en su sitio. Todo en orden. Leyó de nuevo los mensajes y de repente un escalofrío recorrió su espalda. Y si era ella la que llegaba tarde porque estaba en el lugar equivocado…

Ahora sí empezaba a estar realmente nerviosa. Repasó las indicaciones que le había dado para encontrar la cafetería y repitió mentalmente cada paso que había dado hasta llegar allí. No sabía el qué, pero era evidente que algo había hecho mal. Tenía que salir y encontrarle rápido.

Se acercó a la barra apresurada y temblorosa. Le preguntó al camarero cuánto debía.

– Nada, lo ha abonado ya el caballero que está en la segunda mesa de la terraza.

Ella se asomó a la puerta y allí estaba Él tratando de camuflar su risa detrás de un periódico deportivo.

Ella dudó entre echarse a llorar de la rabia o gritar lo mucho que le odiaba en esos momentos. Pero estaba tan feliz de verle que solo pudo arrodillarse y apoyar la cabeza en sus rodillas. Él le acarició la cabeza y le susurró al oído:

– Ya estás en tu sitio, con tu Dueño.

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