Relatos

En la playa

Llegó al borde de la pasarela, temblorosa y dejó descalzos sus pies. La arena estaba húmeda y sintió frío, pero siguió hacia la orilla despacio pero decidida a seguir el camino. Esta vez, por muchas lágrimas que recorrieran sus mejillas, creía que no había vuelta atrás.

No estaba nerviosa, pero el frío iba entrando en su cuerpo, como el agua lo hace a través de las raíces de una planta sedienta. El rumor de las olas ayudaban a mantener esa serenidad, era lo más parecido a escuchar su canción favorita y sentirse acunada y protegida.

Se sentó en la orilla, justo al borde de dónde rompían las olas y, con la mirada perdida en el horizonte, dejó que los recuerdos invadieran su mente y dibujaran una sonrisa en su rostro. Ojalá hubiera podido encerrar tantas ilusiones en una botella y lanzarla al Mediterráneo.

Nunca antes se había sentido tan bien con ella misma. Nunca antes había tenido tan claro dónde quería llegar y quién le acompañaría en el viaje. Nunca antes había sido tan ella. Nunca antes había estado tan serena tanto tiempo. Nunca antes había experimentado tantas sensaciones.

Y sin embargo, como siempre, salía corriendo una vez más porque el miedo le agarrotaba el alma y le obligaba a abandonar. El miedo, ese viejo conocido que aparecía, como un resorte, cada vez que sentía que derribaban su coraza y perdía el control de sus sentimientos.

Había tantas incógnitas, tantas cosas que ella desconocía, que el miedo se volvía pánico. Todo era tan intenso, sentido, real… y la verdad es que no sabía absolutamente nada. Reconocía que el misterio añadía un punto de morbo a la situación, pero también demasiadas dudas.

Estaba tan ensimismada con sus pensamientos que no se dio cuenta de que alguien se había aproximado hasta que lo sintió sentarse detrás de ella. Podía sentir su respiración en el cuello de lo cerca que estaba, pero sus cuerpos no llegaban a tocarse.

Tuvo tentaciones de girarse pero Él le puso una mano en el hombro y le susurró al oído que no se girara, que no tuviera miedo, que ya había llegado. Era la primera vez que oía su voz, pero la reconoció al instante. Sabía que era Él y sabía que había venido a soplar sobre las nubes de dudas que la torturaban.

Ella se dejó acurrucar por la calidez de su voz, como antes lo había hecho por el sonido de las olas. Él no dejaba de contarle historias y, palabra tras palabra, ella sonreía e iluminaba su mirada, mientras iba perdiendo el miedo porque ya no era un eterno desconocido.

Cuando se volvió a hacer el silencio, ella se dio la vuelta para agradecerle sus palabras, que le hubiera hecho recordar que nunca podría escaparse de Él por mucho que huyera. Pero la playa estaba desierta, no había con ella, ni unas huellas abandonadas, ni el eco de su voz.

Suspiró y fue consciente que su imaginación le había jugado una última broma amarga. Se puso en pie, se desnudó dejando su ropa doblada y apilada con cuidado sobre la arena, y comenzó a caminar mar adentro muy despacio, hasta que el mar la cubrió por completo y desapareció.

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