Relatos

La cena

Después del corte inicial de las presentaciones, la cena estaba transcurriendo más fluida de lo previsto. Silvia nos había abierto la puerta con una sonrisa, aunque sus ojos delataban una mezcla de curiosidad y nervios muy parecida a la que yo sentía. Daddy, sin soltarme la mano, la besó y nos presentó, dejándonos unos minutos solas con la excusa de ir a la cocina, minutos que ambas aprovechamos para inspeccionarnos de arriba a abajo. Era evidente que las dos habíamos oído hablar mucho de la otra y que nos habíamos visto ya por foto, además de alguna que otra conversación por Telegram.

Daddy regresó con tres copas de vino y brindamos por todos los sueños que teníamos por cumplir, antes de pasar al salón y comenzar con la cena. Silvia observaba atenta todos mis gestos y muecas, pero lejos de hacerme sentir incómoda, me despertaba mucha ternura verla tan interesada en mí. Yo tampoco podía dejar de mirarla y, teniendo en cuenta lo mal que siempre se me da disimular, creo que se dio cuenta desde el principio lo mucho que la deseaba.

Daddy preguntó si queríamos postre y le supliqué que me dejara tomarlo por ser un día especial.

– Está bien, pero a cambio quiero tu tanga encima de la mesa.

Miré a Silvia y de nuevo a Daddy, agaché la cabeza, tomé aire, lo quité sin pensármelo mucho más y lo dejé junto a su plato. Daddy apartó un poco su silla de la mesa para dejar espacio y señalando entre sus piernas me indicó donde estaba mi postre. Chasqueó su dedos y me acerqué gateando hasta Él, quedando de rodillas entre sus piernas, dispuesta a tomar mi postre. Tuve que contener las ganas desbordadas y esperar unos segundos eternos hasta que me permitió comenzar. Todo lo lentos que se me hicieron los segundos de espera, se me hicieron de rápidos los que pasé lamiéndole. Una sonora bofetada me hizo parar en seco y volver a mi silla, roja de la vergüenza y el bofetón.

Silvia me cogió la mano preocupada y me preguntó si estaba bien. Sin poder levantar la mirada del mantel, asentí con la cabeza. Era la primera vez que Daddy me abofeteaba delante de nadie y me sentía muy pequeñita. Daddy me pidió que me acercara y me sentara en sus rodillas, separó mis rodillas y acarició mi sexo, descubriendo lo empapada que estaba.

– La niña está más que bien, ven y compruébalo por ti misma.

Ella dudó un poco, se le notaba que estaba un poco cortada pero también que se moría de ganas por hacerlo. Finalmente se levantó, se acercó despacio e introdujo sus dedos en mi sexo, sin ninguna dificultad. Daddy sujetaba mis rodillas abiertas y no puede evitar comenzar a gemir. Así llegó mi primer orgasmo de la noche, en los dedos de Silvia que terminé limpiando cuidadosamente con mi boca.

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